Categorías
Blog
«no sé dónde está el límite, pero sí sé dónde no está«

– Josef Ajram –


¿Dónde está el límite?
todavía recuerdo aquel primer día…

Todavía recuerdo el día en el qué, por suerte para mí, supe encontrar mi límite, y no amigos y amigas, no se trató de una ultramaratón o de una Titan Desert, se trató del límite en el que un ser humano, una persona, pierde dicha condición para pasar a convertirse en un esclavo de una adicción en la que salud y cordura, penden de un hilo demasiado fino.

16 años, casi 17…

A mi espalda le pesaban demasiado los años de «bullyng» y burlas en el colegio y el instituto. ¿Mi teórico defecto? Hoy respondería no haberme sabido querer y valorar, en aquel entonces, no supe interpretarlo así y me resultó mucho más coherente pensar qué, simplemente, era diferente por estar gordito. Sin más. A palo seco.


Iba corto de desarrollo para la pendiente que se presentaba ante mis jóvenes piernas…

Tan corto iba, que terminé por buscar la vía rápida, la de bajar peso a toda costa, dejando a un lado no sólo mi salud física, sino también mi salud mental. Lo que empezó siendo una paulatina y lenta disminución de la cantidad de comida que comía terminó por ser una bomba de relojería cargada de ansiedad, culpabilidad, autoexigencia y odio hacia mi persona.

sí, llegué a odiarme…

Tanto, que a mis 16 años decidí que las ínfimas cantidades que comía eran, únicamente para mí, demasiado abundantes, tanto, que una tarde de mayo, en concreto, un sábado, decidí vomitar lo que había comido ese día. Había encontrado mi límite. Lo había encontrado porque sin darme demasiada cuenta de lo que estaba dejando a un lado, mi condición de persona racional, acababa de sucumbir ante la Bulimia; un Trastorno de la Conducta Alimentaria sobre el cual nadie me avisó de sus consecuencias y yo, hasta que empecé a notar sus rápidas secuelas, no supe pedir ayuda para dejarlo atrás.

por suerte para mí, supe darme cuenta de que estaba en mi límite…

Septiembre de ese mismo año, 2005. Recuerdo que subí a mi habitación, me senté y me dejé caer en los brazos de mi familia, llorando entre amargas lágrimas y una luz de habitación amarilla dije: «mamá, papá, Adri; cada vez que como voy a vomitar, y no sé cómo hacer para dejar de hacerlo. Necesito ayuda».

Esas fueron las palabras con las que a mis 16 años, cobré conciencia de que me quedaba un duro camino por recorrer, un camino al que no debía ponerle límite, la recompensa era demasiado alta, era vivir, era volver a quererme y sentirme vivo.

Peña Negra – Subida por Piedrahíta

¡Todo suma, la vida suma!
Si algo le debo a mi padre es haberme sabido transmitir su pasión por el ciclismo…

Hoy le llevo tatuado en mi brazo derecho junto al tema de Blue Swede: «Hooked on a Feeling». Vaya temazo, colgado de un sentimiento, colgado del ciclismo, cada vez que llego al umbral miro el tatuaje y doy pedales con más corazón que piernas.

Lo único que en aquellos años me hacía dejar a un lado la ansiedad por comer, la culpabilidad por haber comido y la «sobredosis» de endorfinas que me provocaba vomitar era saber que al día siguiente tocaba salir en bici…

¡viva el ciclismo!

A mí me gustaba subir puertos rápido, llanear como misiles y ver a Jan Ullrich en una crono, o a Joseba Beloki subiendo puertos con tantísima clase. Me gustaba la Bianchi y las gafas Rudy Project, me gustaba salir en pleno verano a las 5 de la tarde una vez acabada la etapa del Tour. Y me gustaba porque me hacía no pensar, me hacía sentirme vivo, me hacía comprender que la vida se compone de momentos llanos, de bajadas y de puertos que se pueden llegar a hacer demasiado duros si no los empiezas con cabeza.


FUERON 7 AÑOs DE LARGA BATALLA…

Fueron 7 años de muchas visitas al psicólogo, fueron 7 años de hacer y hacerme muchísimo daño, de vivir una realidad que únicamente se dibujaba en mi cabeza, de ser preso de una cárcel de poca felicidad y demasiado hueso.

FUERON 7 AÑOs que a día de hoy os cuento…

Fueron 7 años que a día de hoy os cuento porque he tenido la suerte de perdonarme y comprender que los límites, únicamente los pones tú. Que intentarlo es lo bonito y, disfrutar del proceso, lo saludable. Que los Trastornos de la Conducta Alimentaria son una verdad camuflada en una realidad dónde demostrar es más importante que ser; una realidad dónde «el tengo» importa más que el «lo que soy»; una realidad que nos aparta demasiado de nuestra condición de persona, de nuestra felicidad y nuestro bienestar; una realidad que sin darnos cuenta, nos aparta de nosotros mismos.

kilómetros positivos, todo suma, la vida suma!!!

Y cada día, con esa filosofía, me levanto con el firme propósito de seguir mejorando, de seguir sumando kilómetros y experiencias a mi persona, de seguir siendo consciente que con mis virtudes y mis defectos, soy fruto de mi camino; pues, la virtud de superar un Trastorno de la Conducta Alimentaria reside en aceptar lo que te pasó, perdonarte lo que viviste y comprender que el único límite que existe en la vida es aquel que no te propones alcanzar. Y por eso, me pregunto…

¿dónde está el límite?
Kilómetros Positivos

TODO SUMA
Súmale Kilómetros Positivos a la vida!!

La vida es una suma de horas, minutos y segundos qué, bien usados, son nuestra mejor carta de presentación.

Vivir felices es un derecho que nada ni nadie puede quitarnos, un derecho al que nada ni nadie puede ponernos límite, ni tan siquiera nosotros mismos deberíamos hacerlo, aunque a veces nos parezca un imposible.

Somos nuestras virtudes, nuestros defectos, nuestros errores y nuestros aciertos. El día en que todo eso pasa a ser una realidad entrenada y bien engrasada, el 52-11 de tu bici pasará a ser un desarrollo que te haga volar como un avión, un avión qué, simplemente, te haga devorar Kilómetros Positivos con el único fin de disfrutar.

¡VIVE!